Cuando vamos al psiquiatra, el primer miedo suele ser que nos digan que estamos locos. Es irracional, pero no podemos evitar sentir que esa persona tiene la potestad de etiquetarnos y de que ese juicio será negativo (o de que los demás se van a enterar de ello). La realidad es que esa no es su labor, pero sí podemos salir con un diagnóstico de esta cita.
¿Qué es un diagnóstico y para qué sirve?
Un diagnóstico es una etiqueta que agrupa una serie de criterios diferenciantes relativos a la situación o salud de una persona. Es esencial que estos criterios sean muy específicos en cuanto a tiempos y duración, ya que sino todos tendríamos un diagnóstico: todos tenemos un par de días en los que nos sentimos mayoritariamente tristes y sin ganas de hacer nada, no quiere decir que estemos deprimidos (ojo con el sobreuso de esas palabras que banalizan una circunstancia muy seria). Por este motivo, la asignación de un diagnóstico puede ser unas semanas de duración, y por ello hay que coger «con pinzas» estas etiquetas.
Las etiquetas sirven para facilitar la comunicación entre profesionales, para poder simplificar la información y poder entendernos mejor: recae en cada uno entender que una etiqueta es un resumen y no una descripción completa, SIEMPRE hay matices. Trabajar con alguien a nivel de salud mental es trabajar desde esos síntomas y matices del contexto de una persona. Esos diagnósticos son señales de qué síntomas destacan o pistas de por dónde empezar.
«Me da vergüenza tener un diagnóstico«
Esto se llama estigma. Aunque hayamos avanzado mucho, todavía seguimos teniendo creencias (generalizadas y normalmente arraigadas en el imaginario colectivo) sobre la salud mental, asociadas a sentimientos desagradables y a conductas de discriminación. Por ejemplo, la idea de que las personas con problemas psicológicos son débiles genera rechazo, inseguridad y desconfianza, por lo que puede que no demos responsabilidades a alguien que conocemos que tiene problemas de salud mental. Lo peligroso de esto es que podemos internalizar ese estigma, si nos identificamos con ese grupo. Hablaré de esto en otro post para no colapsaros de información.
Aunque se utilicen palabras como enfermedad o trastorno, es una forma de definirlo, como hemos mencionado antes, no somos sólo eso: No podemos reducir una persona a un diagnóstico, sería simplista y deshumanizante, y es que somos personas con diagnósticos o con trastornos, no personas enfermas, ni trastornadas.
No sientes vergüenza de tener psoriasis, porque no has elegido tenerla. Ahora, sabiendo que eres una persona que está sufriéndolo, harás todo lo posible para que no te moleste y evitar que vuelva a aparecer, cuidándote. Aplícate el mismo razonamiento: no es tu culpa y no tienes por qué contárselo a todo el mundo, pero tampoco tienes que ocultarlo, y sí está en tu poder cuidarte.
¿Quién puede diagnosticar?
Solo los profesionales competentes pueden diagnosticarte como médicos, psiquiatras y psicólogos clínicos, ya que están entrenados para distinguir esos matices que mencionábamos (aun así, las personas somos muy complejas y existen diagnósticos erróneos o simultáneos). Cualquier puede leerse el manual y tachar de una lista de criterios, pero no hace más válido su diagnóstico. Esta limitación en los profesionales también se da, porque en casos más severos, existe una relación con desajustes hormonales y neuronales, de ahí que se pueda mandar medicación – no como solución última, sí como ayuda complementaria a la terapia.
¿Puedo quitarme ese diagnóstico?
La respuesta corta es sí: una vez que dejes de cumplir esos criterios, ya no tendrás ese diagnóstico, pero seguirás habiéndolo vivido (y existiendo en tu ficha sanitaria). No es tan importante que esté activo o no, sino que tu te sientas bien y sepas cuidarte, puesto que puedes no cumplir criterios y seguir sintiéndote mal.
Si quieres gestionar el estigma (internalizado o no), enfocarte en tu bienestar y no tanto en las etiquetas que otros (profesionales o no) te quieran asignar, estaré encantada de poder ayudarte en tu terapia.